Gorka Bueno

Este curso 25/26, mis alumnas y alumnos del máster propio Medio Ambiente, Sostenibilidad y ODS de la EHU han mostrado interés por el documental Vidas irrenovables (2024, dirigido por Francisco J. Vaquero). Este documental analiza críticamente la transición energética en España y la expansión de grandes parques eólicos y solares. Plantea que la implantación acelerada de renovables, sin suficiente planificación, puede generar impactos ambientales y sociales en zonas rurales, afectando paisajes, biodiversidad y economías locales. A través de testimonios, sin rechazar abiertamente las energías limpias, el documental cuestiona su modelo de desarrollo e implantación en el territorio, llevada a cabo en gran medida por grandes corporaciones. Estas grandes empresas concentran la mayor parte de los también grandes beneficios económicos, mientras que los impactos negativos de esta implantación recae sobre las comunidades locales. El documental nos invita a reflexionar sobre cómo compatibilizar la lucha contra el cambio climático con el respeto al territorio y las comunidades que lo habitan.

En este breve artículo quiero centrarme en una idea que también aparece en el documental, y que en mi opinión no se ajusta a la realidad, o como mínimo requiere importantes puntualizaciones. Esta idea es que las tecnologías que explotan los flujos de energía renovable dan lugar a impactos ambientales que son comparables a los de la energía fósil; su explotación, por tanto, no supondría una clara mejora ambiental. Este argumento es, de hecho, recogido a menudo por plataformas y movimientos en contra del modelo dominante de implantación de grandes parques eólicos y fotovoltaicos en España.

Desde una visión crítica hacia las energías renovables, a veces se argumenta que, si se analiza el ciclo de vida completo de estas instalaciones, el uso de energía fósil puede resultar considerable —por ejemplo, en la extracción de los minerales necesarios para fabricar la infraestructura o en su transporte—, generando gran cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero. Además, el elevado consumo de materiales, muchos de ellos considerados críticos, da lugar a agotamiento de recursos tanto materiales como energéticos y conlleva impactos ambientales significativos asociados a la actividad minera. También se señala que la sustitución de generación eléctrica a partir de carbón o gas natural por parques eólicos o fotovoltaicos multiplicará enormemente la demanda de territorio para estas nuevas instalaciones.

Las investigadoras e investigadores de ekopol tenemos una larga trayectoria en el análisis de sistemas e impactos ambientales con perspectiva de ciclo de vida: hemos desarrollado herramientas y estudios pioneros como el proyecto Amalur-EIS para evaluar impactos de instalaciones industriales europeas, y aplicado el análisis de ciclo de vida a infraestructuras de transporte como la “Y vasca” y la red de alta velocidad en España. También hemos abordado el cálculo de huellas ambientales en contextos urbanos y universitarios, y reflexionado sobre hábitos de consumo y energía en múltiples trabajos: quién tiene mayor huella energética, factores que influyen en la huella energética, consumo y transición, comprar nuevos electrodomésticos o usar electricidad renovable con los viejos, análisis de impactos de baterías Li-S, y cómo calcular huellas de actividades. Estas aportaciones reflejan nuestro compromiso con enfoques integrales que consideran todas las etapas del ciclo de vida para evaluar impactos ambientales.

Una de las herramientas que utilizamos en estos estudios es la base de datos ecoinvent (la última versión que tenemos disponible es la 3.12, de diciembre de 2025). Esta base de datos permite realizar evaluaciones de ciclo de vida de diversos productos y servicios, por ejemplo la generación eléctrica con diferentes tecnologías. A continuación se recogen los impactos ambientales de ocho modos diferentes de generación eléctrica, en el contexto de España:

  • central térmica de carbón
  • ciclo combinado de gas natural
  • central nuclear
  • central de cogeneración a partir de biomasa
  • instalación fotovoltaica de silicio monocristalino sobre cubierta de edificio
  • instalación fotovoltaica sobre terreno
  • instalación termosolar mediante concentradores parabólicos
  • aerogeneradores eólicos sobre terreno

La base de datos ecoinvent nos permite obtener el inventario de ciclo de vida de estos productos (en nuestro caso, 1 MWh de electricidad generada con una tecnología concreta). A modo de ejemplo, el inventario de ciclo de vida de la generación eléctrica en un aerogenerador sobre terreno abarca más de 200 mil conexiones entre casi 18 mil subprocesos diferenciados, a menudo localizados en países concretos, que dan lugar a un total de 261 flujos elementales de entrada al sistema (de ellos, 119 materiales diferentes, además de agua y uso de terreno), y un total de 780 flujos elementales de salida (emisiones al aire, agua y tierra).

La metodología de evaluación de ciclo de vida (Life Cycle Assessment, LCA) nos permite traducir estos extensos inventarios en impactos ambientales. Para ello utilizamos el método LCIA denominado EF3.1 (Environmental Footprint, creado por el JRC de la Comisión Europea). Este método agrupa 25 categorías de impacto ambiental ya conocidas como el cambio climático, la acidificación, la eutrofización, diversas toxicidades humanas y ecotoxicidades, generación de material particulado, huella hídrica, agotamiento de la capa de ozono, agotamiento de combustibles fósiles y materiales, etc.

La siguiente tabla recoge los impactos ambientales de los ocho modos de generación citados en las 25 categorías de impacto ambiental del método LCIA EF3.1.

En cada línea, asociada a una categoría de impacto concreta, se muestra en color rojo el impacto mayor, y en verde el impacto menor.

La generación nuclear muestra el mayor número de celdas verdes (menores impactos), aunque también muestra tres categorías con el mayor impacto comparativo: consumo de recursos energéticos no renovables, impacto de radiación ionizante sobre la salud humana, y demanda de agua. Hay que decir que los impactos socioambientales de la generación nuclear que más preocupación despiertan en la sociedad quedan fuera del alcance de este método: gestión de los residuos de muy larga vida, proliferación nuclear y riesgo de accidentes nucleares.

La generación eléctrica a partir de carbón presenta los mayores impactos (celdas en color rojo), y entre las renovables la generación eólica presenta los mejores resultados en siete categorías. Dejo a la lectora el estudio detallado de la comparativa, y aquí me limitaré a resaltar algunos datos. Previamente, señalaré que ecoinvent recoge el contexto tecnológico de hace aproximadamente una década.

  • Considerando todo el ciclo de vida, 1 MWh de electricidad a partir de carbón da lugar a 1153 gramos de CO2; a partir de gas natural, 530 gramos; en sistemas fotovoltaicos, en torno a 70 gramos; y en un aerogenerador, a 15 gramos. La ventaja de las renovables en la descarbonización es, por tanto, más que notable.
  • La mayor demanda de materiales se da en la generación fotovoltaica sobre tejado, que es 16 veces la de la generación de carbón. La generación eólica presenta una demanda de materiales del mismo orden de magnitud que la del carbón o el gas natural. Más en concreto, la demanda de materiales asociada al ciclo de vida de un 1 MWh generado en un aerogenerador es solo un 10% superior a la del ciclo de vida de uno generado en un ciclo combinado de gas natural (instalaciones compactas donde las haya). La demanda de materiales en el ciclo de vida de un 1 MWh fotovoltaico es entre 7 y 11 veces mayor que en un ciclo combinado. Hay mayor demanda de materiales, pero no es algo desmesurado. De hecho, esa demanda de materiales no penaliza de forma escandalosa la huella de carbono, ni otras categorías de impacto muy ligadas a la minería, como la ecotoxicidad: la fotovoltaica presenta un impacto comparable al de los ciclos combinados, y la ecotoxicidad asociada a la electricidad de los aerogeneradores es significativamente inferior.
  • El mayor uso de terreno lo demanda una tecnología que explota un flujo renovable, pero no es la eólica ni la fotovoltaica, sino la electricidad a partir de biomasa. La eólica y la fotovoltaica sobre tejado presentan demandas de terreno del orden de la de los ciclos combinados de gas natural. La fotovoltaica sobre terreno multiplica por 6 la demanda de la electricidad generada en las centrales de carbón (la minería del carbón también da lugar a una importante demanda de territorio, en la minería de carbón), pero la biomasa la multiplica por 21.
  • La generación eléctrica a partir de biomasa requiere una mención especial. No solo es la tecnología que más territorio demanda, sino que es también la de mayor impacto en categorías tales como generación de material particulado, y algunas toxicidades, debido a las sustancias vertidas al aire en la combustión de biomasa, que es materia orgánica. Unos datos muy a tener en cuenta por aquellos que abogan por una vuelta a la combustión de biomasa como fuente de energía renovable frente a otras opciones “hipertecnológicas” (fotovoltaica y eólica). Una gestión sostenible del recurso biomasa parece extremadamente delicada.

El método LCIA EF3.1 nos permite dar otro paso en nuestro análisis. Este método nos permite realizar una normalización de los impactos en cada categoría, dividiendo estos entre los impactos medios mundiales per cápita en el mundo en el año 2010, y posteriormente realizar una ponderación de todos los impactos normalizados, aplicando unos coeficientes acordados en su momento por un panel de personas expertas. Estos pasos, de normalización y ponderación, nos permiten obtener un único parámetro sintético de impacto ambiental. La siguiente tabla muestra la clasificación de las tecnologías estudiadas, según este indicador sintético de impactos normalizados y ponderados.

Tomaremos como referencia el impacto de la mejor tecnología, la eólica sobre tierra, a la que daremos un impacto de 1. La generación termoeléctrica presenta un impacto 2,4 veces mayor (esta generación, sin embargo, requiere cielos despejados y no es viable más que en localizaciones muy concretas); la fotovoltaica sobre terreno presenta un impacto de 5,4; la fotovoltaica sobre tejado de 6,4; la electricidad a partir de biomasa 9,6; la nuclear 13,9; los ciclos combinados 15,4; y el carbón 48,3.

Este indicador sintético tiene un carácter artificial y arbitrario que le da una importancia relativa. No deja de ser, sin embargo, otra evidencia de que las energías renovables, con pocas dudas a mi entender, suponen una clara mejora ambiental frente a los combustibles fósiles —e incluso frente a la energía nuclear, sin considerar incluso el problema de los residuos, los accidentes o la proliferación nuclear—.

En el trailer del documental, un activista que aporta su testimonio realiza la siguiente afirmación: “Estamos haciendo el mayor sacrilegio medioambiental de la historia de este país. La transición ecológica será quien más haya destrozado medioambientalmente este país; será la transición anti-ecológica.” Francamente, me parece una afirmación muy poco medida. Se puede —y debe— criticar una implantación masiva liderada por el oligopolio energético y financiero en busca del mayor lucro para los grandes capitales. Se debe también exigir máxima atención a las consecuencias medioambientales de los proyectos renovables. Pero no podemos perder la perspectiva. En busca de esta perspectiva más amplia, a continuación mostraré los resultados de otro proyecto en marcha en estos momentos en ekopol. Desde 2023 estamos desarrollando un sistema de información ambiental, Amalur-EIS, que entre otras tareas calcula impactos ambientales asociados a las emisiones a la atmósfera de diversas emisiones difusas recogidas en fuentes de datos públicas europeas. A continuación se muestran los impactos ambientales derivados de las emisiones difusas recogidas en la base de datos CAMS-REG-ANT del servicio europeo ECCAD/CAMS para el año 2022.

La figura que mostramos más abajo recoge el impacto ambiental calculado con el indicador sintético (normalizado y ponderado) al que hacía referencia más arriba, asociado a las emisiones difusas de nueve importantes contaminantes (CO, CH4, NH3, NOX, SOX, PM10, PM2.5, NMVOC y CO2 de origen fósil y biogénico) con origen en diversas actividades humanas: tratamiento de residuos; transportes aéreo, de carretera y marítimo; actividad industrial; agricultura y ganadería; edificios comerciales y residenciales; y generación eléctrica en grandes instalaciones.

La escala de colores presenta escala logarítmica: el color naranja implica un impacto 10 veces mayor que el del color crema, que a su vez es 10 veces mayor que el del azul claro. 1 WENFId implica un impacto de 1 punto (normalizado y ponderado) por km cuadrado (más información sobre el indicador y otras cuestiones en esta publicación; Sasia, I. et al., 2026).

Visto el mapa, lo primero que podemos concluir es que en Europa apenas hay regiones no antropizadas: el impacto de la actividad humada, medido a través de las emisiones difusas, se extiende a través de prácticamente todo el territorio, e incluso alcanza niveles más que significativos en importantes franjas del Mediterráneo y otros mares que rodean el subcontinente.

Otro dato a tener en cuenta ahora es que, eso que se ha dado en llamar la “España vaciada”, parece estar bastante llena de impactos ambientales. Vacía de gente, pero llena de impactos. ¿De dónde vienen esos impactos que ponen a la España vaciada en color naranja-rojo? La siguiente figura muestra los impactos asociados al sector de transporte por carretera (personas y mercancías).

Pueden observarse con claridad las grandes metrópolis (Madrid, Barcelona, Sevilla, Euskadi, Valencia, Lisboa y Oporto, en la península), y las principales carreteras que las unen. El transporte por carretera es una fuente significativa de impactos, pero no es la fuente que buscamos, ya que está limitada a las zonas urbanas y la red de carreteras. Tampoco lo es la actividad industrial, cuyos impactos se muestran en la siguiente figura.

Puede observarse que los impactos derivados de las emisiones difusas de la actividad industrial están todavía más localizados que los del transporte. Se extienden por todo el territorio pero de forma puntual, en las principales áreas metropolitanas, aunque también por áreas que podemos considerar rurales, en la España vaciada. Pero esta actividad sigue sin ser lo que buscamos. La siguiente figura, en cambio, nos da una valiosa pista.

Esta figura recoge el impacto de las emisiones difusas derivadas de actividades agrícolas. Puede comprobarse que esta actividad, ahora sí, llena de impactos zonas de la península fuera de las principales zonas metropolitanas: las dos Castillas, zonas de Galicia, las cuencas del Guadalquivir y el Ebro, Extremadura…

La mayor parte de estos impactos en la agricultura están asociados a las emisiones difusas de amoniaco en las explotaciones agroindustriales. La siguiente figura muestra esta componente, pudiéndose comprobar que nos proporciona una imagen casi calcada de la anterior.

Las emisiones difusas de amoniaco tienen su origen en el uso masivo de fertilizantes nitrogenados en las explotaciones agroindustriales y son una fuente clave de contaminación del aire, acidificación, eutrofización y efectos indirectos en la salud humana y de los ecosistemas. Pero esto no es todo. Nos quedan las emisiones derivadas de la ganadería industrial, que se recogen en la siguiente figura, y son incluso mayores que las de la explotación agrícola industrial.

En esta figura destacan los impactos en Catalunya y también en amplias zonas de Galicia, Castilla y León, Extremadura, y Murcia. En todas ellas abunda la explotación intensiva de ganado porcino, ovino, bovino o avícola, en grandes instalaciones industriales.

En este punto quiero resaltar el carácter industrial del origen de estos impactos. Estamos hablando de ganadería y agricultura industrial. ¿Cuál es el objeto de esta actividad? Podemos pensar que alimentarnos a los seres humanos, pero en gran medida solo de forma indirecta. La siguiente figura muestra el porcentaje de uso del terreno habitable en el planeta que está destinado a la agricultura.

Puede comprobarse que, en el mundo, el 45% del territorio habitable está destinado a la agricultura (casi 50 millones de km²). El 80% de esta superficie, sin embargo, se destina a alimentar el ganado del cual nos alimentamos, y que no aporta más que el 17% del aporte calórico total de la alimentación, y solo un 38% del aporte proteínico (Fuente: ourworldindata.org).

De hecho, tal y como muestra la siguiente figura, la biomasa de la ganadería que alimenta la humanidad supera en casi un 70% la biomasa total humana (Fuente: ourworldindata.org).

Quiero cerrar estas líneas evocando una idea que Vaclav Smil ha formulado en repetidas ocasiones en sus interesante obra. En alguna entrevista le he oído algo parecido a lo siguiente:

Pregunta: Profesor Vaclav Smil, si pudiera aplicar una sola medida de cambio de comportamiento humano a escala global para reducir de forma inmediata y significativa el impacto ambiental, ¿cuál elegiría?

Respuesta: Si tuviera que escoger una sola medida con efectos amplios e inmediatos, sería una reducción sustancial del consumo de carne, especialmente de carne roja. No solo por las emisiones directas del ganado, sino porque gran parte de la agricultura moderna existe para producir piensos: cultivamos enormes superficies de maíz, soja y otros cereales para alimentar animales que convierten esas calorías en proteína con una eficiencia muy baja. Eso implica uso masivo de fertilizantes, energía, agua y suelo, además de deforestación y pérdidas de biodiversidad asociadas a la expansión agrícola. Reducir el consumo de carne disminuiría simultáneamente la presión sobre la agricultura intensiva, el uso de tierras y las emisiones, sin requerir ninguna innovación tecnológica, solo un cambio en la dieta.