Autoría: Iñaki Barcena  y Julia Martí

 

Artículo publicado en la revista Viento Sur 179, y traído aquí gracias a la licencia Creative Commons.

Ruralismo o barbarie es una frase que resuena en el mundo rural, un grito que dice: existimos y somos más necesarias que nunca. Como explica Isa Álvarez en su artículo, en el Estado español, a partir de los años 50, a medida que las ciudades se convertían en el faro y centro del modelo económico y social, el resto del territorio era despojado tanto de quienes lo poblaban como de buena parte de sus bienes naturales. La población que habita en el medio rural quedó así en un segundo plano y su territorio solo ha sido tenido en cuenta en tanto que centro de acopio para las grandes ciudades y las cadenas internacionales de producción.

Sin embargo, a pesar de la cacareada España vacía, el mundo rural sigue vivo y activo, y hoy podemos escuchar con fuerza sus voces. Los movimientos rurales reivindican su diversidad, rompiendo con la imagen estereotipada de brutos y atrasados en la que se les intenta encasillar, al mismo tiempo que se organizan para defender un territorio nuevamente amenazado. Además, en su lucha por un mundo rural vivo, son numerosas las experiencias que recuperan y ponen en valor los saberes y prácticas tradicionales, que en este contexto de crisis ecológica se tornan imprescindibles.

Como anticapitalistas asumimos críticamente la falta de diálogo entre los movimientos urbanos y los rurales. Estos últimos han estado muy alejados de nuestro quehacer y de nuestro pensamiento, en muchas ocasiones encasillando a los agentes de los espacios rurales en el conservadurismo y, del otro lado, desde el campo se ha considerado al ecologismo como un fenómeno urbano invasor. Hoy, en plena lucha de modelos sobre la transición ecológica y energética, propuestas de alianzas y campañas como ALIENTE (https://aliente.org/) entre los territorios rurales y el ecologismo social que busca una transición energética justa, son un buen ejemplo para revertir esta falta de diálogo y generar ámbitos de trabajo en común.

Preparación de plantaciones de acacias en Congo. FNC (Foto de Viento Sur)

Escuchar estas voces, reconocer el dinamismo y los conflictos que se disputan en el mundo rural ha sido el objetivo de este monográfico. Como dice María Sánchez en la entrevista que publicamos, “es muy importante saber de dónde venimos, con las cosas buenas y las cosas malas, para saber hacia dónde queremos ir”. Desde su experiencia nos advierte sobre la importancia de reconocer las vidas de nuestras madres y abuelas sin caer en la nostalgia, aprender de su relación con la tierra sin romantizar sus vidas. Una propuesta que es clave a la hora de tejer nuevos diálogos entre lo urbano y lo rural, que puedan fortalecerse desde la horizontalidad, sin paternalismos ni condescendencias. Reconociendo y visibilizando las luchas de las mujeres rurales que, por ejemplo, a través de colectivos como Ganaderas en Red o Jornaleras de Huelva en Lucha están demostrando la importancia de organizarse para tener voz propia y denunciar las consecuencias laborales y ecológicas de este modelo basado en la agroindustria y la ganadería industrial.

Por tanto, más allá de la imagen idealizada del pueblo que se ha extendido con la pandemia, hay que reconocer que la ruralidad es un escenario en disputa. Tanto en sus tensiones internas, no exentas (a pesar del sentido comunitario) de patriarcado o racismo, como por las lógicas capitalistas y extractivistas que lo atraviesan. Además, hoy en día, en el contexto de crisis ecológica en el que nos encontramos, los territorios rurales y sus habitantes se convierten en escenarios centrales de la disputa por la transición ecosocial. Escenarios en los que choca la profundización de un modelo extractivista, ahora teñido de verde, con la proliferación de cada vez más experiencias alternativas que demuestran que es posible vivir y producir de otra forma. En este Plural analizamos varios ejes de esta disputa como son la alimentación, la energía, los comunales, la ganadería y la gestión forestal. En un futuro esperamos poder ampliar el análisis incluyendo los conflictos en relación a la movilidad, los cuidados, los derechos laborales o la situación de las personas migradas, por ejemplo.

En primer lugar, en cuanto al modelo de producción y consumo de alimentos, el conflicto es evidente. A pesar de la crisis ecológica, las instituciones europeas y estatales siguen promoviendo un modelo agroindustrial vinculado a las cadenas transnacionales de producción completamente insostenible y cada vez más vulnerable al agotamiento de recursos y la pérdida de calidad del suelo. Frente a ello, cada vez toman más peso las alternativas agroecológicas, que apuestan por la soberanía alimentaria como la única vía para garantizar un futuro digno tanto para el campesinado como para toda la población. Como afirma Isa Álvarez, “no se trata de imaginar, ni de hacer hipótesis, muchas cosas ya están pasando, otras realidades ya existen, el reto es hacerlas visibles, sacarlas de lo marginal y construir un mundo rural vivo que nutra y alimente de verdad”.

En la misma línea, María Montesino, en un artículo en que combina su propia experiencia personal con la defensa de la Nueva Ruralidad (NR), defiende la ganadería extensiva como una práctica fundamental para cerrar ciclos en la producción de alimentos…, pero también como herramienta imprescindible de gestión del territorio y del paisaje: “Una herramienta que nos puede ayudar a desgranar, entender y analizar muchos de los procesos sociales, culturales, económicos, políticos y ecológicos que se dan en el medio rural”.

Una preocupación por la gestión del territorio que comparte Juan Ramos en su artículo, en el que analiza la relación entre unos incendios forestales cada vez más virulentos, el cambio climático y el abandono del medio rural. Evidenciando la necesidad de hacer una mirada integral sobre el territorio que tenga en cuenta todos los factores y consecuencias de haber permitido su mala gestión. Además, desde su experiencia como bombero eventual en Andalucía, denuncia la falta de medios para prevención, algo muy sintomático de la actual gestión de la crisis ecológica, que busca apagar fuegos sin impulsar los cambios estructurales de fondo para evitar que el problema siga escalando.

Asimismo, Álvaro Campos-Celador y Abel P. Braceras nos traen un conflicto de extrema actualidad como es el papel que deben jugar los territorios rurales y sus habitantes en la transición energética. En su artículo analizan la ofensiva de megaproyectos renovables que viven varios territorios del Estado español, sus impactos y las resistencias que han surgido. Abogando por otro modelo de transición en el que las comunidades rurales sean sujetos centrales del debate sobre el futuro de los territorios.

Por último, Celtia Traviesas se pregunta cómo el mundo rural puede inspirar a las ciudades. Analiza la experiencia gallega de gestión comunal del monte para plantear aprendizajes y retos que se podrían trasladar a los nuevos comunes urbanos que se intentan abrir camino a pesar de los desafíos jurídicos, políticos y sociales. Unos desafíos que podrían superarse con un mayor diálogo con las experiencias existentes de gestión comunal que se encuentran en el rural. De hecho, como afirma la autora, “la herencia de los valores del cuidado de la tierra y de la vida en comunidad es suficientemente reciente como para que aún podamos aprovecharla, traerla a las ciudades”.

Esta herencia, estos saberes que aún no se han perdido, las semillas, las razas autóctonas, la biodiversidad protegida y mantenida durante siglos…, serán imprescindibles para construir otro modelo de sociedad acorde con los límites ecológicos, tanto en el campo como en las ciudades. Es por ello que toma sentido la idea de ruralismo o barbarie, como una apuesta por ruralizar la sociedad, recuperar las formas de vida basadas en la sobriedad, la interdependencia, el arraigo. Así como por recuperar el diálogo campo-ciudad desde la perspectiva de una transición justa, en la que la soberanía energética y alimentaria desplace las lógicas extractivistas y productivistas, y se puedan garantizar vidas dignas para todas sin necesidad de seguir esquilmando territorios.

Revista completa: Viento Sur 179